martes, 25 de noviembre de 2014

Relato ganador de 3º de ESO


Óscar Gómez Calle, 3º B
SOLO UN PASO

Recuerdo el primer paso que dio mi hermana,fue en la mañana de un frío invierno del dos
mil once. Por entonces ella ya había cumplido el año y yo seguía con las diez
velitas. Llovía a cántaros y de tanto llover las alcantarillas habían rebosado. 


La protagonista estaba jugando con un puñado de tacos de madera ,arañados y roídos.Yo en cambio mantenía la vista en mi consola, embobado y con los dedos hechos trizas a causa de los nervios y el ardor de la emoción del juego.Me levanté e hice un gesto vago para verificar que la pequeña estaba bien y no sufría de arañazos o moratones por culpa de su incesante locura e hiperactividad. Fui andando hasta la cocina,en el trayecto pisé un pequeño charco de agua (o eso creía). El caso es que eso es una de las cosas que más coraje me daba en ese tiempo y de hecho sigue molestándome en el presente. Puse cara de asco y con indignación me marché al baño a limpiármelo.

Al salir,olfateé un típico olor a “prepuchero” y en cuestión de centésimas, mi cerebro envió una orden a mis músculos que los obligaba a seguir ese aroma de caldo casi al hervir.

En cuanto entré se me quitó de la cabeza preguntar el almuerzo-delicatesse que íbamos a comer ese día,ya que los descubrí en el mismo instante que recibí ese estímulo
por la nariz. Así que, tan curioso y rompecabezas que soy, empecé a lanzar cuestiones como... "¿Qué le has echado al pucherito? ¿Nada más vamos a comer eso? ¿Cuándo
empezamos a papear, mami?  Pero la gran duda importante...¿Mami,  la niña ya ha andado un poquito?..." 



Todas mis preguntas iban como misiles con dirección controlada, buscaban explotar en el delicado cerebro de un ser humano como mi madre, que, hablando claro, era una renegada a los estudios, pero tenía una inteligencia para los no-estudios que dejarían a cualquier persona alucinada. Así pues me contestó:

 – Síííí. ¿No te acuerdas que ayer papá y tú os pusisteis a lados opuestos para que la niña empezara a dar pasitos?  

La verdad era que no me acordaba. Si hubiera por casualidad que resaltar un defecto voluptuoso del autor de este relato, se resaltaría la falta de memoria y su poca capacidad para recordar cosas que no le resultaran de importancia al mismo. 


-¡Ah! Sí, sí. Es verdad – respondí con una vocecita sonora y aguda. 

En ese momento tronó el timbre de la puerta, corrí con dificultad hacia allá ya que los calcetines hacían poca fricción con el suelo de mármol. La abrí y apareció mi padre, que de seguro tuvo una dura jornada de trabajo. Lo supe por la cara de cansado que tenía. Ipso facto nos pusimos a almorzar y en ese momento me acordé de la partida del Mario Bros que dejé a medias. 


Cuando volví a la salita para terminar lo que había empezado, oí unos estruendos que sonaban como una persona golpeando una pared. Así que me adentré en el pasillo y al girar la esquina vi a mi hermana dando pasos torpes, parando cada dos segundos para descansar,o tal vez para asegurar su estabilidad y no caerse. Quería decírselo a mis padres pero pensé que sería mejor que ellos descubrieran la sorpresa. Mi madre me llamó y me preguntó dónde se ubicaba la pequeñaja. 

–Dentro – le respondí.

Me senté a seguir con mi consola y mi madre pegó un grito que dejó un pitido en mis oídos. Mi padre corrió veloz hacia el pasillo y al llegar contempló a mi hermana dando su espectáculo. No podía entender lo que veían en un paso para quedarse media hora mirando lo mismo, tan importante les pareció que le hicieron fotos y las enmarcaron. 


Tal vez era que estaba corrompido por el efecto de los celos y no podía ver la belleza de ese momento o simplemente que no quería verlo. Me pregunté si tuvieron la misma reacción en el momento que yo di el primer paso ,pero no me pregunté por esa información. Lo que he contado no se volverá a repetir, al menos para mis padres. Aún no sé la sensación que sintieron (ya que me queda mucho, según a mi parecer), pero espero sentirla algún día. 

A partir de ahí el día pasó rápido, como uno normal. Comí, me duché y me acosté temprano para empezar con buen pie el día del lunes que me esperaba ansioso en el colegio.


                                                                             

sábado, 22 de noviembre de 2014

Relato ganador de 1º de Bachillerato en el certamen literario sobre la Infancia

Carmen Casal Prieto 1ºCTB


Juego de niños


¿Quién no ha querido alguna vez ser pequeño de nuevo? ¿Quién no ha querido que se pare el reloj? Sigo andando por la calle y me pregunto si la gente de mi alrededor tiene los mismos pensamientos que yo. Si necesita tanto como yo volver a ser un niño. Si se imaginan siquiera todo lo que está pasando por mi mente. O lo que está pasado en mi vida.

            

Quiero que vuelva ese momento en el que no te has equivocado en nada, quiero que vuelva ese momento en el que todo es de color de rosa. Porque lo que dicen de que la vida es bella, que hay que luchar por tus sueños, que si lo haces de la debida forma todo saldrá bien... todo eso era mentira. Ahora lo sé. Quiero que vuelva ese momento en el que te crees todo lo que te dicen. Creer algo de forma ciega, así como un niño cree en que su hermanito vino con una cigüeña, como cree que su mascota está de verdad en una granja, como cree que llegará a ser astronauta. Quiero volver a creer de forma ciega. Así como cree un niño.


            

Nadie me mira a la cara. ¿Significará eso algo? ¿Vuelvo a estar en peligro? Quizá no. No, no. Es buena señal. Es que no sospechan nada. Sí, es eso. Sólo tengo que pasar desapercibida.




Ojalá no tuviera nada de que temer. Quiero que vuelva ese momento en el que nada te atemoriza. En realidad, siempre te atemoriza algo… mejor dicho, quiero que vuelva ese momento en el que lo que te atemoriza no te hará daño realmente. Quiero tener la clase de miedos que tiene un niño.  Quiero tener miedo de la oscuridad, que se acerque mi madre y se acueste conmigo hasta que se me pase. 




Quiero tener miedo de una película de terror, soltar un grito y que apagando la tele se pase toda inquietud. Quiero tener miedo de bajar en el tobogán, quiero necesitar que se acerque alguien para ayudarme. Quiero tener miedo de tonterías. No quiero tener miedo de mí misma.
            
Llego  a un cruce con una calle más transitada. Observo mi alrededor. Mi mirada pasa de un viandante a otro, mi cerebro intenta pensar hacia dónde será mejor dirigirme. El aeropuerto. Demasiado peligroso. Casa. Imposible. 




Creo que lo mejor es la azotea de un edificio alto. Lo más alto posible. Sacudo la cabeza, como hago siempre que algo me corroe la conciencia. “Sigue andando” -me ordeno- “no pienses en eso ahora.” Estoy parada en medio de la calle. No me había dado cuenta. Miro a los lados otra vez. Mis ojos se posan en unas luces azules y rojas que se acercan. Colores demasiado brillantes. Mis oídos escuchan una sirena de policía. Suena demasiado alto. Se acerca demasiado rápido. Mi corazón empieza a latir a mil por hora. Pasan solo unos segundos entre que me pongo la capucha, me doy la vuelta y empiezo a correr.




Ojalá recuperara esos momentos en los que huir era sólo jugar al pilla-pilla. Que correr sea sólo en el patio del recreo. Que cuando alguien te persigue sea un simple juego. Por favor, que sea un juego. Que no sea verdad. 




Estoy jugando al pilla-pilla. No me pueden coger.  Antes tienen que contar. Uno, dos, tres. Giro a la derecha. Izquierda. Veo de reojo varias personas corriendo detrás de mí. Todavía tengo margen. Cuatro, cinco, seis. Esquivo a la gente que camina por la calle. Derecha, recto, izquierda. El truco siempre ha sido que me pierdan de vista. En el patio sólo había que quitarse del tránsito. Un lugar apartado, ese era el truco. Siete, ocho, nueve. Aunque claro, por mucho que corrieras, el otro siempre corría un poco más. Diez. Quien no se haya escondido, tiempo ha tenido.